loader image

Music Legends in Ibiza

Ibiza, el refugio de la música

Por Pablo Sierra

A finales de los sesenta, la onda expansiva del amor hippie cruzó el Atlántico para atracar en las costas de Europa. Ibiza fue uno de los epicentros de un terremoto que quiso cuestionarlo todo y que a pesar de no cambiar casi nada sí configuró estéticamente a las siguientes generaciones. Empezando por el oído. Rock, folk, psicodelia, funky, punk, reggae, disco. Una macedonia de sonidos que pusieron banda sonora a una isla que se convirtió en refugio y fuente de inspiración para muchos artistas hasta entrados los años noventa.

La piel nívea de Christa Päffgen contrastaba con la oscuridad de una voz que iluminó a los que eran vanguardistas hace medio siglo. Un timbre profundo que procedía de unos labios carnosos, voluptuosos. La belleza apabullante de esta alemana podía congelar a través de su mirada gélida a quienes la convirtieron en musa.

Andy Warhol fue el primero en quedarse helado bajo un embrujo que también cautivó a los miembros de The Velvet Underground. El panorama del pop-rock internacional no tardaría en rendirle culto. Nico fue el apelativo artístico con el que bautizaron a Christa; cantautora, modelo y actriz de apariencia delicada que se hartó de conquistar corazones rebeldes. Ibiza fue el remanso de paz que anhelaba. Le gustaba recorrer en bicicleta los caminos rurales de la isla y así encontró la muerte. El 18 de julio de 1988, mientras pedaleaba con su hijo, cayó fulminada por un infarto. En la caída, se golpeó la cabeza con una piedra y sufrió una hemorragia cerebral. En su entierro la despidieron unos pocos amigos mientras sonaban sus canciones en un radiocasete.
La artista que siempre tuvo una grata relación con Dios y con Ibiza fue Nina Hagen, otra alemana que encandilaba al respetable con unas performances que elevaron la extravagancia del punk operístico a otro nivel.

Experimentando con el LSD, Nina experimentó una suerte de epifanía que marcó su destino. Tenía diecinueve años cuando escuchó una voz masculina que le musitó: “Nina,estoy aquí. Yo te ayudaré”. Su dogma consistió desde entonces en una mezcla de religión, espiritismo y una fervorosa creencia en los extraterrestres. La madre del punk decidió contraer matrimonio en Ibiza en 1987 con un chaval llamado Iroqua. Ella tenía entonces 34; él justo la mitad; ella se casó con una cascada pelirroja desparramándose sobre su espalda; él iba tocadocon una cresta mohawk. El festejo se coronó con una celebración salvaje del amor en Benirrás, algo que solamente conocen los privilegiados que asistieron a la boda más bizarra de cuantas se han celebrado en la isla.

No se olvidan, sin embargo, los recitales que Grace Jones ha dado en Ibiza en dos épocas muy diferentes. La jamaicana había sido la reina de Nueva York a finales de los setenta y, diez años después, en la cúspide de su carrera, actuó en Ibiza. Jones era –y sigue siendo– un animal exótico. En 1988 se ganó al público de KU con un show de música disco en el que vistió algunos de esos modelos que han influido a divas actuales como Lady Gaga o Rihanna.

El físico de Jones –una escultura andrógina tallada en ébano y espigada como un ciprés– no pasaba desapercibido cuando se movía por la isla. Icónica es la imagen en la que la cantante, modelo y actriz le saca la lengua a la cámara de Carles Ribas mientras pasea por la playa en compañía de Tony Pike. Tan popular fue Grace Jones en Ibiza que reventó Space en 2009 cuando se decidió a barrer el escenario de este templo musical haciendo honor al título del álbum que cerró veinte años de silencio: Hurricane.

Otro que tampoco quiso perder la oportunidad de dejarse tostar la piel por el sol ibicenco fue Jimmy Page, un virtuoso de la guitarra que lideró una de las bandas más influyentes del hard rock mundial: Led Zeppelin.
Se disolvieron en 1980 tras la trágica muerte del batería John Bonham, pero Page siguió volando en solitario. Cinco años después, llegaron a sus oídos los cantos de sirena procedentes de Ibiza, que le arrastraron hasta el Sun Power Festival, una idea que parecía buena pero que fracasó comercialmente.

Acompañado por Chris Squire –bajista de Yes– y por el adolescente Jason Bonham –hijo del batería de Led Zeppelin–, el genio de Heston improvisó tres temas para el gozo de una exigua concurrencia que no llegó a llenar el Hipódromo de Sant Rafel.

Otro mago de la guitarra que atracó en Ibiza fue Eric Clapton. Literalmente. El líder de Cream puso rumbo al puerto de Vila desde Cannes en agosto de 1977.
El escenario de la plaza de toros de Vila le esperaba. Una tormenta estuvo a punto de hundir el yate del inglés. Las aguas del Mediterráneo parecen mansas, pero resultan traicioneras. Los que cada vez que ven El lobo de Wall Street y sufren mientras Scorsese hace naufragar Di Caprio camino de la Costa Azul lo saben. Dicen que la embarcación de Clapton cabeceó como un fanático de heavy metal en un concierto, que la travesía fue un amasijo de gritos. El quinto Beatle, como le apodaban después de birlarle la novia a George Harrison, 25 pudo vivir para contarlo, cantar y rasguear su Fender en la isla blanca.

Más tranquila fue la estancia de Frank Zappa, una de las estrellas que pasaron por Ibiza ‘92. Su visita fue rápida, fugaz como un cometa que deja a su paso una estela imborrable antes de desaparecer. Zappa moriría cuatro años después de haberse dejado ver en Ibiza –un cáncer de próstata se lo iba a llevar en 1993–, pero sus impresiones sobre la isla aún permanecen en la memoria de todos. Se le puede ver en una fotografía que le inmortalizó apuntando con su dedo el peñón des Vedrà, al tiempo que dejaba una frase para el recuerdo:“Ibiza es una isla fantástica, aquí el sexo brilla más que el sol”. Razón no le faltaba a este renacentista contemporáneo.

more stories

Legendary Hotels: el Chelsea

El Chelsea:

Además de ser ricos, famosos y tener mejor pelazo que todos tus amigos modernos juntos ¿Qué otras dos cositas tienen en común Bob Marley, Patti Smith, Jimi Hendrix, Charles Bukowski, Uma Thurman, Dennis Hopper y Keith Richards? Pues la primera que les gusta (o gustaba) la mala vida más que a un tonto una gorra de Coca-Cola puesta de lado. La segunda que todos ellos vivieron laaaaargas temporadas de su ajetreada vida en el Hotel Chelsea de Nueva York.

Y es que desde su apertura en 1905, este carismático edificio situado entre las avenidas séptima y la octava, se convirtió en el centro cultural y artístico del mundo bohemio
28 neoyorquino. O dicho con otras palabras, un antro de lujuria y perdición por el que artistas
de todo pelaje se dejaban caer en busca de inspiración (y lo que no era inspiración).

Son muchas y muy locas las historias acontecidas tras la mítica fachada de ladrillos rojo del Chelsea, pero como seguro que tienes mejores cosas que hacer en Ibiza que estar leyendo una revista, te haré un brevísimo repaso por alguna de las más sonadas:

4 de noviembre de 1953, habitación 217: El poeta Dylan Thomas (el tipo del que Bob Dylan tomó su apellido) muere tras ingerir ingentes cantidades de alcohol aliñadas con cuarto y mitad de morfina. Vamos, que ríete tú de los machotes que toman vodka con Red-Bull.

12 de octubre de 1978, habitación 100: Sid Vicious, bajista de los siempre comedidos Sex Pistols, se pilló semejante pedo de VeteTúASaberQué mezclado con caballo que acabó apuñalando hasta la muerte a su novia Nancy Spungen.

Y estarás pensando: “Si es que las drogas son mú malas”. Pues que sepas que el pintor Alphaeus Cole, otro cierra bares que vivió en el Chelsea durante 35 años, murió tranquilamente en la cama de su habitación a los 112 años y 136 días de edad. Así que la mandanga será todo lo chunga que tú quieras, pero hay a quienes les sienta de puta madre.

Pero dejemos de lado las historias truculentas, porque por lo que realmente pasará a la historia el Chelsea es por haber sido un lugar tremendamente inspirador, uno de esos sitios mágicos y llenos de energía donde incluso alguien completamente ajeno al mundo de la música como Leticia Sabater hubiese sido capaz de componer un temazo. Muestra de ello son canciones como “Sad Eyed Lady of the Lowlands” de Bob Dylan, “Midnight in Chelsea” de Jon Bon Jovi, “We Will Fall” de The Stooges o “Hotel Chelsea Nights” de Ryan Adams.

En el edificio también se rodaron o escribieron un buen puñado de películas cojonudas como “Nueve semanas y media”, “Sid & Nancy”, “Léon: The Professional” o “2001 Odisea Espacial”. Y como no, entre las sábanas del hotel también se vivieron épicas historias de amor como la de Jim Morrison y Nico o la de Leonard Cohen y Janis Joplin, idilio que el propio Cohen inmortalizó en su canción “Chelsea Hotel #2”. Por su parte Madonna, que tras su divorcio con Sean Penn andaba más suelta que una bata de hospital, disparó buena parte de las fotos de su libro “Sex” en la habitación 822.

Tristemente, en 2011 el hotel cerró sus puertas tras ser adquirido por un simpático promotor inmobiliario. Así que si eres un escritor en busca de buenas historias, un músico a la caza de estribillos rompe pistas o un simple mortal con ganas de pegarse un homenaje sexual con ese/esa/eso que le pone tan palote, lo mejor que puedes hacer por ti y tu arte es alojarte una temporadita en el Paradiso Ibiza Art Hotel, el Chelsea del mediterráneo

more stories

Ibiza 92

Cuando Montserrat conoció a Freddie

Por Pablo Sierra
Fotos por cortesía de Juan Suárez

A mediados de los años ochenta, España estaba despegando hacia la modernidad. El sprint para aprovechar las oportunidades que prometían los Juegos de Barcelona y la Expo de Sevilla se había lanzado. La música –e Ibiza– no iban a quedarse atrás. Pino Sagliocco, un italiano que se había escapado siendo un niño del pueblo del Mezzogiorno en el que nació para convertirse a principios de los ochenta en uno de los promotores más osados a nivel mundial, estaba en la isla entonces. En el lugar y momento apropiados, Sagliocco se inventó Ibiza’92. “La grandeza de Pino Sagliocco es pensar a lo grande, más allá y más lejos que el resto de los humanos. Eso le hace único e irrepetible”, dice Juan Suárez, uno de los colaboradores con los que contó para levantar un festival que reunió entre 1987 y 1990 en la discoteca KU a Grace Jones, Spandau Ballet, Duran Duran, el clash Mick Jones, Chris Rea, El Último de la Fila, Hombres G, Ramoncín y, aunque no actuó, a Frank Zappa, que profetizó, charlando amigablemente con los periodistas y melómanos que se le acercaban, los cambios que se producirían en la industria cultural y que él no llegó a ver debido a su prematura muerte en 1993. Zappa demostró que en Ibiza “las estrellas se relajan porque desaparece la influencia de su entorno, que son los que ponen trabas”.

Así opina Suárez, que antes de Ibiza’92 ya se había subido al escenario de la discoteca de Sant Rafel para presentar el show que promovió Sagliocco de un tal James Brown. El rey del funky estaba “en el ocaso” de su trayectoria y, aunque hizo sufrir a los organizadores con sus extravagancias, la musicalidad que transpiraba por los cuatro costados el padrino del soul regaló al público “un concierto muy divertido”.

Suárez fue locutor radiofónico y después trabajaría como director comercial en Diario de Ibiza. Antes de conocer a Sagliocco en la movida de KU, este canario que había llegado a la isla en 1975 vivió de cerca los intentos por traer a estrellas de la música internacional a la isla a finales de esa década: “Unos promotores locos y soñadores, entre los que se encontraba José Pascual, lograron hacer varios conciertos en la desaparecida Plaza de Toros: Eric Clapton, Thin Lizzy y Bob Marley. Tenía que venir Isaac Hayes, el rey del soul sinfónico de la época, pero al final se canceló el concierto y no hubo continuidad”. Los problemas para atraer al público local que habían sufrido esos recitales no desanimaron a Sagliocco. Si en agosto del 86, estando Madrid vacío había conseguido meter a 25 mil personas en el estadio de Rayo Vallecano para ver a Queen con una promoción a contrarreloj que incluyó una entrevista a Freddie Mercury en Informe Semanal, embarcarse en aquella aventura ibicenca no le asustaba. Empezó pegando duro. El napolitano hizo de celestino para que Mercury conociera a la diva operística que le tenía obsesionado: Montserrat Caballé. Cuando lo consiguió, subió la apuesta. 

Convenció a ambos para que grabaran el vídeoclip de Barcelona, un hit que fusionaba el rock total de Queen con el bel canto de la soprano catalana, en la primera edición de Ibiza’92. Después repetiría la jugada mezclando el jazz con el flamenco – dos géneros que, como la ópera y el rock, adoran fusionarse– que cantaba Camarón de la Isla, toca Tomatito o baila Joaquín Cortés.

El anhelo de Sagliocco sucedió el 30 de mayo de 1987, fue filmado por las cámaras de Televisión Española, reunió a dos mil personas y la producción alcanzó los 300 millones de pesetas, un montante nada despreciable para la época (equivalía al sueldo anual de tres futbolistas estrella del Real Madrid o del
FC Barcelona, por ejemplo). Caballé, como escribió el cronista Jacinto Antón en El País, se dejó coger la mano por un Mercury vestido de smoking y la imagen entró en la historia de la música, primero, y del deporte, después: la canción sería cinco veranos después el himno de los Juegos Olímpicos de Barcelona.

En un tiempo en el que Internet aún era una entelequia, recuerda Suárez que “había que ir a Londres, Madrid, Barcelona, Los Ángeles o las capitales de moda para contratar a los grandes artistas. Las gestiones y contratos se hacían por telex [nota para millenials: el télex, o teletipo, era un aparato que permitía enviar mensajes mecanografiados, una fusión analógica entre el telégrafo del Diecinueve y el WhatsApp del Veintiuno que, hace treinta años, les venía muy bien a los corresponsales de guerra y a los promotores de eventos culturales para enviar crónicas o contratos a la otra parte del mundo] luego por fax y por teléfono.

Pero la presencia del promotor era importante porque era el que daba credibilidad y garantías económicas y de visibilidad al proyecto”. La producción técnica fue también un reto. A finales de los ochenta, organizar un festival en la isla –iniciativas como Sueños de Libertad son un ejemplo reciente– era mucho más caro y complejo que hacerlo en la península. “Montar un espectáculo en la isla te cuesta diez veces más trabajo, dinero, pasión y esfuerzo que en otra parte del mundo. Entonces no había empresas que tuviesen equipos potentes de luz y sonido en la isla para alquilar lo necesario para un concierto. Esto obligaba a traer amplificadores, luces y todo el equipo de fuera y complicaba muchísimo cualquier actuación. Había que recurrir al playback en ocasiones, especialmente cuándo se grababa para la televisión, por las tomas repeticiones y demás. Y algunos artistas lo imponían y les gustaba”, dice Suárez.

Sin embargo, considera Suárez que el resultado, “transgresor audiovisual y musicalmente”, de Ibiza’92 valió la pena: “La isla era conocida entonces como un destino de turismo familiar y de marcha, en Sant Antoni, para los británicos. La retransmisión a nivel internacional de los festivales y la cantidad de artistas internacionales que actuaron generó una nueva corriente que convirtió a la isla en un destino de música y entretenimiento. Pino Sagliocco plantó la semilla de lo que es hoy en día Ibiza: la meca de la música electrónica mundial”.

more stories

Legendary Hotels: el Mutiny

El Mutiny: Sexo, drogas y un mono con un Rolex.

Por Pablo Burgués

En los años 60 la ciudad de Miami era La Manga del Mar Menor de América, una enorme sopa de jubilados donde lo más salvaje que podías encontrarte era una carrera ilegal de sillas de ruedas eléctricas. Pero a finales de los 70 todo esto cambió y aquel soleado remanso de paz se convirtió en un sangriento remanso de hostias.

¿Y eso? Pues porque un buen puñado de narcos venidos de Cuba, Venezuela y Colombia llegaron a la ciudad con el “noble” objetivo de hacerse con el control del tráfico de drogas del sur de Estado Unidos. Estas personas no eran mucho de dialogar así que Miami no tardó en convertirse en la metrópolis con más homicidios de todo el país. El ir y venir de cadáveres llegó a ser tan desmadrado que la morgue del condado se petó y tuvieron que pedir prestado al Burger King uno de sus camiones de refrigeración. ¡A la parrilla sabe mejor!

En medio de este baño de sangre había un paradisíaco lugar donde reinaba la paz y la amistad: El Mutiny, un hotel a medio camino entre la Mansión PlayBoy y Studio 54 donde según su propietario (Burton Goldberg) “todo podía pasar”. Y vamos que si pasó…

Situado en la zona de Coconut Grove (South Beach), el lugar contaba con 130 habitaciones temáticas a cada cual más extravagante en las que se alojaban y desmelenaban las estrellas más crápulas y traviesas del momento: Paul Newman, Arnold Schwarzeneger, Led Zeppelin, Don Johnson, The Eagles, Fleetwood Mac y por supuesto el inventor del término Latin-Granuja y presunto padre biológico de todos los hispanohablantes: Don Julio Iglesias.

Pero todos estos chavalotes no eran más que unos mindundis ya que quien realmente cortaba el bacalao en el Mutiny eran los narcotraficantes, quienes habían convertido el hotel en su centro de operaciones. Por este Narcoworking pasaron históricos del polvo blanco como El Perro, Súper Papi, El Raspao o el mismísimo Pablo Escobar. Aunque sin lugar a dudas el más chingón de todos era Mario Tabraeu.

Dicen que este simpático ser llegó a pagar $25.000 para que llenaran la bañera de su habitación con Dom Perignon y que se paseaba por ahí con un chimpancé al que tuneaba con enormes cadenas de oro y Rolex. Se rumorea que Tony Montana, el personaje interpretado por Al Pacino en la película Scarface, está inspirado en él (en Mario Tabraeu, no en el mono).

Durante años las instalaciones del Mutiny fueron aguas internacionales, una especie de zona de libre comercio donde jet set, policía y narcos compartían mesa y hacían business alegremente. Pero claro, allí donde hay malos siempre terminan apareciendo otros aún más malos que les quieren cortar el vacilón. Así que poco a poco el lugar comenzó a llenarse de sicarios de uno y otro bando y el superbuenrollito se trasformó en malrollitoquetecagas y muchos de los clientes del hotel dejaron de ir por allí.

En 1981 un tal Miguel Miranda, un narcotraficante aficionado a la santería que acostumbraba a beber sangre de animales sacrificados, asesinó a una de las camareras del hotel. El cuerpo de la muchacha apareció días más tarde en Cayo Hueso, envuelto en una sábana
 el Mutiny. Este suceso supuso la estocada final para un negocio ya en decadencia que cerró definitivamente sus puertas en 1984.

A mediados de los 90 el hotel fue reabierto por una importante cadena de hoteles de lujo. Hoy el lugar sigue abierto pero ya no queda en él ni rastro de su pasado macarra y lo más jodidamente salvaje que podrías hacer en sus instalaciones es esnifar un zumo détox con jengibre.

more stories

Addicted To Art: Adda Gallery Ibiza

Adda Gallery Ibiza: abducidos por el arte urbano

Por Pablo Sierra

Hay llamadas que dan un giro a tu vida. Cuando Anna Dimitrova –galerista y gestora cultural– cogió el teléfono no sabía que unos meses después acabaría montando una galería de arte en Ibiza. Cuando lo colgó, esta búlgara educada en Marruecos que actualmente vive a caballo entre Barcelona y París estaba casi convencida de asumir el reto que le habían planteado: ser el corazón artístico de Paradiso Ibiza Art Hotel.

–Hace dos años me llamó Diana Kunst y me dijo: “¿Te gustaría abrir una galería en Ibiza?” La idea me tentó muchísimo y, sobre el terreno, lo vi claro. Conocí el futuro hotel y es imposible no enamorarse de Paradiso.

Así lo recuerda Dimitrova, que no oculta su afición por las emociones fuertes y los giros drásticos si es la pasión quien va al volante. Hasta 2007 se dedicó al mundo de la publicidad y la comunicación. A partir de entonces decidió aplicar sus conocimientos en branding y marketing e invertir su tiempo en lo que realmente amaba: el arte y, entre todas sus manifestaciones, el arte urbano. “Vivimos una época de boom con el street art. Cada vez es más conocido por más gente. Se han creado verdaderos fans que siguen a sus artistas preferidos por medio mundo y lo saben todo de ellos. La gente está muy motivada para ver este tipo de exposiciones”, explica una curadora que trabaja con creadores como Escif, Ebok, Levalet, Spok, Smithe, Nuria Mora o Sebas Velasco.

“Desde pequeña me obsesionan la cultura y el arte. Cuando crecí tuve cabeza para darme cuenta de que era bastante mejor organizando que dibujando”, dice Dimitrova. Nobulo y Adda son el fruto de su esfuerzo y de su gusto por la belleza transgresora. A través de sus dos proyectos produce exposiciones por todos los rincones del planeta. En las dos ciudades donde duerme la mayor parte de las noches dirige y gestiona, respectivamente, sendos espacios expositivos: Montana Gallery, en Barcelona, y Adda&Taxie, en París. 

Y el año pasado se unió Paradiso a su calendario laboral, donde ha puesto en funcionamiento Adda Gallery Ibiza: “El riesgo de llenar de arte un hotel es que las obras acaben siendo simple decoración. Eso en Paradiso no ocurre por una razón muy sencilla: la galería que se ha abierto es independiente del hotel y, aunque esté separada, al mismo tiempo está conectada con el resto de las instalaciones. Nos nutrimos mutuamente, pero cada zona mantiene su personalidad”. Para Dimitrova, que cada habitación esté consagrada a un artista diferente y que el lobby sea un lugar donde ocurran experiencias relacionadas con el arte es algo más que una seña de identidad para el hotel. Se trata del alma de Paradiso porque “las obras de arte transmiten la energía y las vivencias de sus creadores al espacio donde se exponen”.

Las píldoras de color del joven graffitero catalán Abel Iglesias (en mayo y junio) y la fauna salvaje que plasma en su arte el muralista madrileño Sabek (en julio y agosto) serán las dos exposiciones individuales que se verán esta temporada en Adda Gallery Ibiza. En septiembre y octubre llegará a Paradiso la cuarta edición de la muestra colectiva O, una oda visual al erotismo y la sensualidad donde participan artistas como Apollonia, Saintclair, Mark Bodé, Alphachanneling, Enric Sant o la fotógrafa Diana Kunst, gran amiga de Dimitrova. Durante el verano, las ilustraciones de Jorge Arévalo y la sugerente mezcla de pintura, fotografía y desnudez de Eric Ceccarini, un artista belga afincado en Ibiza, definirán el paisaje del lobby de Paradiso.

“Me encanta España porque aquí los artistas urbanos que viven en diferentes ciudades dialogan entre sí: están en contacto y sacan adelante proyectos comunes que les enriquece como creadores. Eso en otros países –Francia, sin ir más lejos– ocurre con menos frecuencia. Programar una exposición de un artista como Eric [Ceccarini] en la galería de Ibiza me parece muy interesante porque se produce una interacción necesaria con el arte local. Desde que abrimos, muchas artistas de la isla han pasado por Paradiso para presentarse y enseñar su obra”, dice Anna Dimitrova. Para ella, su galería ibicenca y el hotel Paradiso eran cuando abrieron, por lo novedoso de su filosofía, “una especie de nave extraterrestre” en mitad de Cala de Bou, pero está convencida de que la luz del proyecto “se contagiará al resto de la zona”. De momento, ya brilla con fuerza.

more stories

Terry O’Neil

El fotógrafo persistente e invisible

Por Pablo Burgués
All photos: ©Terry O´Neill / Iconic Images / courtesy MONDO

Érase una vez un jovenzuelo inglés llamado Terry O’Neill que quería ser el mejor batería del mundo de Jazz, esa música con menos estribillos que el himno de España. Corrían los años 50 y nuestro amigo soñaba con largarse a Nueva York para aprender de los maestros del género. Pero claro, nadie había inventado aún Ryanair y los billetes, al igual que los
aviones, estaban por las nubes.

Una mañana desayunando té con baked beans (alubias con ketchup de toda la vida) se le ocurrió al muchacho una manera de ir y venir a la capital del Jazz por la patilla: hacerse auxiliar de vuelo de una compañía aérea. Se puso manos a la obra y unas semanas más tarde sufrió en sus carnes el famoso efecto subidón-bajón: consiguió un contrato de trabajo con la British Airways (subidón), pero le hicieron el lio y en vez del puesto de azafato le dieron el de fotógrafo de aeropuerto (bajón).

El joven O’Neill no tenía ni idea de fotografía así que se compró cuatro revistas sobre el tema y con más miedo que vergüenza se puso a disparar. Un día paseando por Heathrow se encontró a un gordinflón vestido de traje dormido en una sala de espera. El tipo estaba rodeado por un grupo de africanos con ropas tribales y aquella situación le pareció tan friki que sacó una foto. El gorderas resultó ser Rab Butler, Secretario de Asuntos Exteriores británico y la imagen fue tal bombazo que O’Neill dijo “ciao” a la British y empezó a trabajar como fotógrafo del tabloide londinense Daily Sketch.
En aquella época, principios de los 60, los fotógrafos aún trabajaban con grandes y pesadas cámaras. 

A O´Neill esos armatostes le parecía un coñazo, así que se fue a un mercadillo y compró una 35mm sin saber que aquella baratija terminaría convirtiéndolo en un mito de la fotografía. El pequeño tamaño y la facilidad de uso de ese tipo de cámaras le permitió moverse con sigilo entre sus fotografiados, hacerse invisible y conseguir así retratarlos con una naturalidad y frescura nunca vista hasta entonces.

Fue en el patio trasero de los estudios de Abbey Road, donde el grupo estaba grabando su primer disco. Aquella instantánea molaba tanto que fue la primera fotografía de una banda de rock que se publicó en prensa. Esto catapultó a los escarabajos al éxito y también al propio O´Neill quien por la ley del “culo veo, culo quiero” empezó a currar para las bandas más potentes del momento: Rolling Stones, Bowie, Led Zeppelin, Elvis Presley, Elton John, Bruce Springsteen o Frank Sinatra, con quién el chaval cogió tal perra que lo estuvo fotografiando a lo largo de 30 años.

Y es que ese fue otro de los grandes aciertos de O’Neill: ser persistente. Antes de disparar su cámara podía pasarse días, semanas e incluso años al lado de un artista, de modo que éste terminaba haciéndose amigo suyo. Esto hacía que los retratados se relajasen ante la presencia del fotógrafo, olvidasen sus estudiadas poses de estrella megacool y fuesen ellos mismos.

Hasta aquí la historia de Terry O’Neill, un tipo que nunca cumplió su sueño de ser percusionista de Jazz pero que con su fotos convirtió a personajes desconocidos en leyendas y al Rock and Roll en la música más jodidamente grande del planeta.

Desde Concept Hotel Group le estaremos eternamente agradecidos por eso, y como homenaje, tres de sus fotos más acojonantes estarán forever and ever expuestas en las paredes de nuestro hotel Dorado: The Beatles en el patio de los estudios Abbey Road (habitación 409), Bruce Springsteen paseando por Sunset Boulevad (habitación 403) y la banda Queen en una de sus primeras sesiones de fotos de estudio (habitación 405).

more stories